Textos

Espe Porto
(texto para la exposición CANON en Espacio 6, Vigo, 2016)

Prescindir de los relatos y metalenguajes hoy generados como discursos que pretenden ser permanentes como si no hubiera mañana tal vez no sea tan extraño si hablamos de pintura. Lejos de una conceptualización extrema que asoma por doquier en el arte contemporáneo, la pintura todavía quiere ser pintura. En cierto sentido, la pintura se basta para hablar por sí misma y es pura forma y materialidad y así lo manifiesta la obra de Rocío Osorio.

En cierto sentido y más allá del discurso conceptual, el relato pictórico argumenta no solo la fisicidad, sino que justifica la propia historia de una de las disciplinas artísticas más antiguas. En una línea ya establecida por artistas como Blinky Palermo, Richard Tuttle o Imi Knoebel, la pintura de Osorio es por sí misma sujeto y objeto de su propia representación.

Pero en su origen, la pintura se preocupó de la representación de la realidad a partir de un canon matemático que buscaba el equilibrio y la armonía de todas las partes para ofrecer una representación lo más fidedigna posible de la realidad. A lo largo de los siglos, el canon evolucionó de manera favorable con el paso del tiempo influido por cambios culturales, descubrimientos y fracturas vanguardistas. Según la época, el estilo y las corrientes englobaron la obra de una serie de artistas que podían ser reconocidos partiendo de su estructura. Hoy, la ausencia de un canon común que aproxime las obras contemporáneas es fruto de la multiplicidad de discursos y ópticas a los que hacer frente. La disparidad existente de estilos y discursos permite ver como el canon se ha vuelto múltiple, como el canon ya no se aplica a unas proporciones perfectas o ideales que debía de tener el cuerpo humano, sino que las relaciones armónicas ahora buscadas parten de las inquietudes de cada artista en particular.

Modos de ver y de entender que reflejan no solo el momento actual, sino que vienen a evidenciar una situación plural palpable. Así las cosas, la individualidad de cada artista se enfrenta a una paradoja existencial que habla de una multiplicidad encubierta, pero que, al mismo tiempo, hace suya convirtiendo el canon que creíamos perdido en subjetivo.

Canon, el título de esta exposición quiere ser muestra de lo hasta ahora aquí expuesto partiendo de la propia identidad de la artista en su quehacer diario. Enfrascada en la pintura y su significación, Canon se compone de una pequeña selección de pinturas que juega con una serie de collages de reciente creación. Estas últimas piezas forman parte de su proceso artístico en cuanto significan la tridimensionalidad de unas pinturas que han desplazado la superficialidad y el plano frontal y que aquí queda inversamente patente.

Esta disyuntiva aparente no es más que un simulacro. Los collages se nos muestran perfectamente ensamblados siguiendo una regla, un canon que identifica sus obras pictóricas. La pequeña escala, las dimensiones, el color, las formas,.. todas las partes de un todo en impecable equilibrio que hace posible imaginar su conversión tridimensional y al contrario, llevar sus piezas pictóricas a la bidimensionalidad de los collages.

Canon hace visible una dualidad unitaria que se cumple sin riesgo de parecer oportuna y ajena a las concesiones. La bidimensionalidad y la tridimensionalidad se transforma en la combinación de planos y capas fuera de las dimensiones, el papel y la madera dan forma material a los ensamblajes y la pintura completa su materialidad, la gestualidad, por su parte, es doble, de ejecución delicada (papel) a una factura más tosca (madera).

La facilidad para conseguir la cercanía de la pintura nos ofrece la posibilidad de cuestionarla constantemente una vez que contemplamos sus obras ante las que nos surge aquella duda sobre si la pintura estaba o no estaba en crisis. Yo creo que no.

…sin más ánimo de objetividad que el análisis acomodaticio a posteriori.


Alfredo Aracil
(texto para la exposición ¿Quién teme a los objetos? en la Galería Guillermina Caicoya, Oviedo, 2016)

La función del estadio del espejo se nos revela entonces como un caso particular de la función de la imago que es establecer una relación del organismo con su realidad.
Jacques Lacan

El trabajo de Rocío Osorio explora la zona oscura que separa las obras de arte de los objetos cotidianos que nos rodean. Sus ensamblajes, principalmente de madera, suelen nutrirse de materiales pobres que le dan al conjunto un aspecto un tanto destartalado, como de desecho o residuo, y que sin embargo nunca llega a parecer caótico sino pulcro y sofisticado, ya que están ordenados por un principio de economía general. Así, en un ejercicio que trasciende la noción ecologista de reciclaje, sus piezas tridimensionales, tanto en suelo como en pared, se inscriben en el campo del bricolage, donde los materiales y las partes se relacionan por intuición y destreza gestual, tomando aquello que cada una necesita de la otra, a través del diálogo entre ellas mismas, sin un plan previo o maestro que determine su forma final.

Ahora bien, lejos de constituir una práctica azarosa en la que la artista actuaría como una medium, el trabajo de Rocío Osorio se alinea en la estela de una serie de referentes responsables, en gran medida, del cuestionamiento del marco de referencia de la pintura y la escultura tras la segunda mitad del siglo XX. Una investigación sobre la idea de límite, que la artista recoge transformando su práctica en un laboratorios de formas híbridas, construcciones mutantes que no se dejan encerrar por la noción de medio. De esta forma, una gama de colores pastel invade distintos volúmenes, dando al traste con la definición de cuadro en tanto que espacio bidimensional, para abrazar una concepción de la pintura que es, en verdad, práctica y dedicación al servicio de tantos objetos como la artista pueda imaginar.

Entre la cosa misma y su representación, Rocío Osorio se debate entre la tradición literalista del arte minimal y la presencia de una cierta figuración de corte esquemático, aunque no del todo geométrica y sin duda nada ilusionista, sino tremendamente plana y material. Haciendo siempre referencia a lo escultórico, las imágenes de sus lienzos, en ese sentido, ponen en riesgo la necesidad de una superficie concreta. El cuadro: espacio simbólico, pero limitado por la dimensión física, que no obstante la artista busca una y otra vez trascender por medio de una serie de fragmentos y subordinaciones que reclaman su parte de tridimensionalidad. La repetición, no en vano, tiene aquí papel protagonista, al ser capaz de habilitar toda una modulación de partes diferentes y singulares que, a primera vista, parecen idénticas. Tan protagonista que algunas piezas remiten a la idea de catálogo o archivo, donde cada fragmento de la colección, como un pequeño aleph, habilita visiones simultáneas y posibilidades de estructuración infinitas. Aunque el color usado sobre el lienzo sea el mismo, ningún monocromo es igual que otro…

Proporciones, planos, materiales, color, escala, formas, fondos, materia… Las características fenomenológicas de las piezas presentes en la exposición no cesan de remitir a las cualidades mismas que articulan nuestra experiencia de lo real. El trabajo de Rocío Osorio, en ese sentido, abre un espacio de reflexión para pensar sobre diferentes cuestiones identitarias que determinan de qué manera los objetos se convierten en obras de arte. Y no sólo en relación al lugar ocupan en un sistema que les otorga un cierto valor, sino a través de aquello mismo que determina su existencia y su presencia frente a nuestros ojos.


Espe Porto
(texto para la exposición “Una pintura que no quiere decir nada, una pintura que es” en Aire Centro de Arte, Santiago de Compostela, 2016)

En el encuentro de materiales, su mirada se detiene. Entre composiciones y ensamblajes, su mirada y su gesto se detienen. Entre pincelada y pincelada, se detiene, ya, la pintura, que se asienta precisa y decidida en el soporte mínimo donde encuentra su identidad, ya sea en una pequeña pieza de maderas ensambladas de bordes desnudos, ya sean las hojas de un catálago olvidado. Su pintura rebasa el límite de lo esperado quebrantando el espacio para alojarse en él.

De la pintura muestra una selección del trabajo que la artista asturiana Rocío Osorio (Gijón, 1987) ha realizado en los últimos años. El conjunto engloba obras de factura diversa, pero insufladas por el despojo de lo fútil. Partiendo de la experimentación y de la fórmula ensayo – error, la artista presenta tres de sus series en las que la presencia de materiales inservibles, despojados y olvidados se hace patente. Intervenciones (2014) es un proyecto que surge de un catálogo de Juan Asensio encontrado al que alguien ha despojado de valor y sobre el que interviene la artista con campos de color delimitados. Homenajes (2015) traspasa los límites, conquista el espacio. Compuestas de pequeños recortes de maderas, las piezas de esta serie traspasan los límites del hecho pictórico con una extraña modestidad en las que la pintura explosiona e implosiona en una suerte de vaivén acompasado. Collages (2016) consigue lo propio desde otro ángulo. A través de recortes desechados, la artista compone y da forma a verdaderas composiciones pictóricas, en las que el color y la textura del papel consiguen ser pintura. Rocío Osorio trabaja la materia desde la abstracción, desde la búsqueda de lo simple y la renuncia a lo innecesario para mostrarla en su talante más crudo y desnudo dotándola, sin embargo, de la belleza exenta de lo íntimo para reivindicar la pintura desde la pintura. Se trata de observar, detenerse y mirar.


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